viernes, 16 de octubre de 2009

16 de octubre



No podía, no podía sujetar el problema con las manos, no lo creía, lo tenía en mis manos y lo agarré con fuerza para arrojarlo al suelo y explotó nada más caer.
No tenía lo que se decía nada, para hacer. Busqué soluciones que apenas sirvieron, busqué respuestas para preguntas demasiado obvias.
Me quedaba una única respuesta y estaba en suspense, no contestaba, no razonaba, no me decía ni que si ni que no. Nada.
Esa misma tarde me olvidé, me olvidé de ello. Pensé en lo que nunca imaginé haber pensado. Viajé en el pasado y recordé lo que me había pasado y descubrí que no era la única vez que lo había pensado.
Guardé mi silencio en una sonrisa, en una risa. Mis carcajadas de esa tarde no eran provenidas de la alegría. Venían de la ansiedad, del nerviosismo, de no contener ni las lágrimas ni los pensamientos. Reía sin pensar en lo que ocurría, en lo que ocurrió y en lo que ocurriría.
Más tarde me olvidé de esas carcajadas y volví a la injusta realidad.
¿Podeis creer que no encontré nada?
Exacto, simplemente volví a pensar: que injusta es la vida y sin embargo es tan bella.