
Estaba completamente encerrada en un mundo en el que sólo existía lo que había vivido. Los siguientes días de ver a Reetlond habían sido horribles, hay gente que es como las plantas; grita y nadie les escucha. Sentía un fuego intenso pero lo único que intentaba era aguantarme y callarme. Tenía una sonrisa poco iluminada de la que cualquiera pudierse nombrarme cosas horripilantes. No me gustaba aquello, y quería irme de la situación, busqué salidas, mi cerebro iba lento y no captaba las imágenes. Salí corriendo y solté gran parte de lo que llevaba dentro, ardiendo. Sin darme cuenta, estaba allí, sin saber por dónde salir, ni a dónde dirigirme. Los caminos se cortaban y creaban curvas largas, haciendo que todas acabasen en el mismo lugar. Ya no aguanté, creía que podría hacerlo pero conseguí enterarme de que no. Y no me fui, porque de todo se vive, aunque nunca quise vivir de ello. No acabé con una sonrisa ni con ningún llanto, intenté lo posible por acabar satisfecha. Pero no lo conseguí.





