El fuego ardía e iluminaba la noche, bailoteaban las gotas de la manguera, pero nada era capaz de apagarlo. Los tejados negros y las puertas pálidas y rotas de amortigüar esperanzas. Queríamos asegurar promesas y guardarlas hasta que el cielo arranque secretos en una noche que nadie juega, que nadie ama, pero siempre me quedará vivir, aunque no siempre sean en los mejores momentos, creeré en el destino, escucharé la libertad pero la cabeza quedará blindada a los deseos que nunca vinieron y que yo sólo guardo uno exceptuando el que llevo dentro.
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vidas charlantes