
Nada se podía hacer, porque nada era lo que quedaba. Juré la noche anterior que no lloraría y que tampoco la iba a desaprovechar. Quería mucho más de lo que tenía y de repente, me sacaron algo imprescindible para vivir. Hasta que los días estén sumablemente contados y la lluvia deje de caer me parece que no lo volveré a ver. Tenía la sensación metida en mi cabeza, todo estaba ahí metido, ordenado, y vino un huracán y me desordenó la habitación llevandose el tesoro más preciado. Imaginaba todo y sin darle más vueltas ya lo tenía perfeccionado; la idea, el plan, las fantasías, los besos, los acantilados y la luz. No quedaba nada más, pero por decirlo de otra manera, más resumida, teniendo el cuerpo completo y con pocas energías, vino un demonio y me arrancó el corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
vidas charlantes